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Entre más envejezco, más disfruto de las mañanas de sábado. Tal vez es la quieta soledad
que viene con ser el primero en levantarse, o quizá el increíble gozo de no tener que ir al trabajo.
De todas maneras, las primeras horas de un sábado son en extremos deleitosas. Hace unas
cuantas semanas, me dirigía hacia mi equipo de radioaficionado en el sótano con una humeante
taza de café en una mano y el periódico en la otra. Lo que comenzó como una típica mañana de
sábado se convirtió en una de esas lecciones que la vida parece darnos de vez en cuando.
Déjenme contarles. Sintonicé mi equipo de radio a la porción telefónica de mi banda para
entrar en una red de intercambio de sábado en la mañana. Después de un rato, me topé con un
compañero que sonaba un tanto mayor, con buena señal y voz. Pueden imaginarse al tipo,
sonaba como si estuviese en el negocio de las comunicaciones. Él le estaba diciendo a quien
estuviese conversando con él algo acerca de "unas mil canicas". Quedé intrigado y me detuve
para escuchar lo que tenía que decir. "Bueno, Tom, de veras que parece que estás ocupado con
tu trabajo. Estoy seguro de que te pagan bien pero es una lástima que tengas que estar fuera
de casa y lejos de tu familia tanto tiempo. Es difícil imaginar que un hombre joven tenga que
trabajar sesenta o setenta horas a la semana para sobrevivir. Qué triste que te perdieras la
presentación teatral de tu hija". Continuó: "Déjame decirte algo, Tom, algo que me ha ayudado
a mantener una buena perspectiva sobre mis propias prioridades". Y entonces fue cuando
comenzó a explicar su teoría sobre unas "mil canicas".
Las mil canicas
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